Queda oficialmente inaugurada la temporada de busca y captura de ofertas de viajes. Sale el primer rayo de sol, cambiamos el armario, empezamos a lucir palmito por las aceras y nace en nuestro interior la imperante necesidad de comprar algún vuelo barato antes de que se pongan los precios por las nubes o no quede nada más que un billete de tren a Soria para el 15 de agosto. Ojo, que Soria es precioso, pero una en agosto espera encontrar algo más caribeño que la estepa castellana.

El caso es que empiezo a indagar en las redes para diseñar mi algoritmo personal que contempla los datos de longitud, latitud, temperatura, presupuesto, densidad de población en agosto y media de metros cuadrados por toalla. Con esto suelo encontrar algo que responda a mis expectativas de lo que tiene que ser un buen verano: sol, playa, chiringuito, mojito, hamaca y vuelta a empezar. Felicidad en estado puro.

Con esta estrategia perfectamente trazada me encuentro navegando por internet en busca de mi plan ideal para estas vacaciones cuando de repente, ¡zas!, algo se cruza en mi pantalla: “Azulia: el país de las playas infinitas”. ¿Cómo? Parece que algún alma gemela ya ha encontrado un destino que responde exactamente a nuestras necesidades veraniegas.

Pero, ¿dónde está este país? Intento buscar ubicación más concreta pero no hay forma. Parece que Azulia es un enorme archipiélago de islas y costas ubicadas en cualquier parte del mundo. Lo que llama más la atención de este territorio misterioso es que tiene una latitud variable que sigue la rotación del sol y la luna, favoreciendo un calendario único de solsticios y 365 días festivos al año. Es decir, que Azulia vive en un eterno verano de playas infinitas y aguas cristalinas.

Esto tiene que ser una broma. Si esto existiera viviríamos todos allí… ¿Estamos locos o qué?

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Bailo, pinto, escribo, hablo (mucho) y me río de todo lo que no es importante. A una isla desierta me llevaría chocolate y vino, pero me lo acabaría y en seguida tendría ganas de volver.