Los que me conocen saben que soy más Mediterráneo que mi admirado Joan Manuel Serrat, quizás porque mi niñez sigue jugando en tu playa. Y escondido tras las cañas duerme mi primer amor. Además de poeta y cantautor, sobretodo soy famoso entre mis amigos por llegar tarde y marcharme el último de cualquier comida, cena, fiesta o verbena que se tercie. Tengo una concepción muy personal del tiempo y de las sobremesas. Nunca entendí lo de cortar el rollo justo en el mejor momento solo porque lo dice la hora. “Li hiri, li hiri…” (léase con desdén) ¡La hora no se mira! Qué ganas de ponerle límites a la diversión. ¿Os suena lo de “La penúltima y nos vamos”? Pues eso.

Siempre hay tiempo para una anécdota, una canción o una copa más (y si es de Larios 12, mucho mejor). “Me sé otra” decía un guitarrista amigo mío justo cuando parecía que el concierto llegaba a su final.

Total, que para mí las horas tienen más minutos que para el resto, eso está demostrado empíricamente con 40 años de existencia relajada y feliz. Así que también me tomo mi tiempo para despertarme: canto un rato bajo la ducha, desayuno todas las mañanas con una parsimonia digna del Marqués de Griñón y medito desde la ventana (en esta vida hay que tener un balcón o una ventana con vistas, eso lo ha demostrado 2020) con la mirada puesta en el infinito soñando con qué me deparará el día. Y, dejad que me ponga cursi, pero es que cada día es un regalo del cielo y me gusta saborearlo como tal. No entiendo a la gente que va siempre corriendo a todas partes con cara de perros, saltando del coche, el autobús o el metro para llegar a no se sabe dónde, sin sentir, palpar ni oír nada de lo que pasa a su alrededor. El estrés de las grandes ciudades nos come a casi todos, sí, pero también hay que saber no dejarse.

 

El caso es que gracias a la situación actual, muchos han empezado a vivir como yo, a otro ritmo, disfrutando de los pequeños placeres de la vida, valorando los espacios abiertos, la luz, la naturaleza y las playas que tanto hemos echado de menos. El tiempo y el dinero ahora se miden de otra forma y el verdadero lujo ya no es tener un yate, sino el poder disfrutar del mar rodeado de la gente a la que quieres. Y como yo, antes de todo este lío, ya era así, puedo deciros con certeza que vale la pena vivir a este ritmo mediterráneo. Qué le voy a hacer si yo nací en el Mediterráneo.

Saber vivir, tiene premio

Quizá motivados por toda esta reflexión, los de Larios, que me da a mí que son de los míos, han organizado un concurso para gente con ganas de vivir de verdad, con los 5 sentidos, disfrutando de todos estos pequeños placeres que nos hacen sentir vivos. Solo quieren que les contemos por qué nos gustaría vivir a otro ritmo y la respuesta con más Espíritu Mediterráneo se premiará con 10.000 euros para el alquiler de una casa en el Mediterráneo para disfrutar con amigos. Así, por la cara. O por demostrar que si quieres, puedes.

Y como a lo de Espíritu Mediterráneo no me gana nadie, no voy a participar. Así os dejo opciones a los que habéis empezado ahora a entender de qué va la vida. Eso sí, si os toca, deberíais llevarme con vosotros, que el premio es para compartir y como dirían los Rebeldes, también muy mediterráneos, estoy cansado de vivir en una jaula como un animal.

Sé que muchos estáis rezando para que se acabe este año tan raro, pero creo que en realidad siempre le estaremos agradecidos al 2020 por una cosa: y es que fue el año en el que empezamos a plantearnos cómo queríamos vivir el resto de nuestras vidas. Siempre estás a tiempo de elegir vivir a otro ritmo. Y ahora, gracias a un cambio de paradigma sin precedentes que nos ha hecho descubrir el teletrabajo, a priorizar y a valorar lo que de verdad importa, es un buen momento para hacerlo.

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Cantante asmático y carismático, abogado del diablo más por oficio que por convicción. Viajero, vividor y trotamundos, voy de gira porque me toca. No soporto a la gente gris ni a los cobardes. La vida es música, música, música.