El síndrome Wanderlust lo inventó Disney

Alberto Piernas 4 minutos
Buscando en un baúl de cintas VHS polvorientas me ha dado por pensar en el origen del Wanderlust. En cómo creció en mí esa semilla viajera. Y casi treinta años después, descubro que una alfombra mágica estaba detrás de todo.

Volarás, volarás

De pequeño me gustaba dibujar mapas de mi pueblo. Cuando casi todo era campo. Trazaba en un folio el descampado donde buscaba caracoles, la vieja fábrica de cemento o la feria que iba y venía todas las Navidades. Era mi particular forma de entender el mundo.

De hecho, siempre le preguntaba a mi padre sobre los límites de nuestro pequeño mundo: si podía ir a la zona que no bañaba la luz o si algún día llegaría al final de la vía del tren. “Llegarás hijo, llegarás. Pero deja que te ponga otra vez Bambi y la ves 7 veces más esta tarde, ¿vale?”. “¡Vale papi!”.

Y ahí estaban la locomotora de Dumbo cruzando un lugar llamado Florida o Quasimodo asomándose desde la catedral de Notre Dame. La selva de Mowgli que nunca sabía donde quedaba o la famosa P. Sherman Calle Wallaby 42 Sidney que Dory buscaba en los albores del GPS. Bueno sí, puede que para cuando Buscando a Nemo fuese estrenada yo ya tuviese pelos en las piernas, pero qué más da. A mí siempre me gustó tanto Disney que hasta terminé trabajando en uno de sus parques. Y sí, me enrollo más que una señora tomando la fresca en su portal.

Lo que vengo a decir es que, al igual que un blog o una guía de Lonely Planet, Disney también incitó a los baby millennials a viajar en cierto modo. Piénsalo: ¿Cómo supiste que existía China? ¿También te creíste que Agrabah existía? O, ¿acaso había algo más en el mundo que tu casa, tu cole y Disneyland París?

Sí amigos, me temo que el tito Walt sembró en muchos de nosotros el primer germen del Wanderlust.

Y algunos ya no pudimos dar vuelta atrás.

¿Confías en mí?

Mi medio de transporte para esta aventura es una alfombra mágica, porque en un coche o en avión, si no es que hablan, no me monto. Comienzo en la India, el país cuyo Taj Mahal inspirase el Palacio del Sultán de Aladdín.

Y tras convertir las bombas de Bagdad en flores cual Hada Madrina vuelo a  la Grecia de Hércules y la Italia de Pinocho. Bueno volar, o caer con estilo. Ya me entendéis.

A esperas de esa versión del Quijote que quedó en el limbo , España aún no tiene representación en la casa Mickey. Pero al menos me queda un tour del brillibrilli por los países europeos donde vivieron las princesas Disney más icónicas.

Por ejemplo Colmar, en Francia, podría ser perfectamente el pueblo de Bella y el castillo de Chambord, en el valle del Loira, el mismo que el de la Bestia. O el famoso castillo del Rey Loco, en Baviera, el cual inspiraría el mismo de La Bella Durmiente (y de los parques Disney). Pero lo mejor llega cuando aterrizo en el noruego fiordo de Geiranger y escucho a alguien cantar Let it go en una noche de aurora boreal.

Como mi alfombra tiene vida y la pobre también se cansa, se me ocurre que colgar 1000 globos de la chimenea del hotel rural puede ser mucho más práctico. Aunque termine en mitad de un conflicto armado en Gaza o en la mismísima Zootrópolis.

Pura incertidumbre. Igual que Pocahontas al final de Río Abajo.

Hasta el infinito y más allá

Por suerte, mi instinto Disney está curtido y aterrizo justo en la cima del venezolano Salto del Ángel, donde se ubican las Cataratas Paraíso de Up. Podría cruzar el Caribe y plantarme en Florida, pero tampoco puedo irme sin pasar por el México de Coco y dejarle una ofrenda al tatarabuelo de Miguel.

Por suerte, las fronteras en el mundo Disney parecen mucho más fáciles de cruzar que en la realidad. Y para cuando consigo salir de las marismas de Tiana, me sorprende un enorme Shulley que viene a abrazarme. Aunque estemos en pleno mes de agosto.

¡He llegado a Disney World!

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Esa mecas de la nostalgia donde nuestros personajes favoritos te firman autógrafos. Donde la torre de Rapunzel luce junto a la Estrella de la Muerte y volver a hacer sonreír a un padre en plena crisis de los 40 es posible.

Aún así, yo sigo viajando a través del Disney más playero: al Hawái de Lilo y Stitch, a las islas de Vaiana o la Gran Barrera de Arrecife donde vivía Nemo.

Quizás a un ‘Nunca Jamás’ del que algunos nunca volvieron. A través de un mundo que Disney volvió aún más ideal.