Decía el escritor Henry Miller que “nuestro destino de viaje nunca es un lugar, sino una nueva forma de ver las cosas”. O en este caso, pisarlas. Porque si nos descalzamos y sentimos la uva bajo nuestros pies comprobaremos que todos los caminos viajeros del otoño conducen a LogroñoEl corazón de la provincia de La Rioja se convierte en perfecto km 0, tanto por su ubicación como por sus productos de cercanía, a la hora de descubrir todos los secretos de un mundo de sabores, catas y tradición que al llegar octubre se vuelve más crepuscular, más ensoñador. 

El meandro de El Cortijo es el mejor ejemplo de ese paisaje humanizado. Integrado en la red europea de espacios protegidos Natura 2000, la frontera fluvial que forma el río Ebro entre el País Vasco y La Rioja invita a ser descubierta en bicicleta a través de parajes llenos de historia y refugios amables a tan solo 7 km del casco histórico de Logroño. Un ecosistema de viñas, huertos de ribera y bosques mediterráneos donde los encinares apuntan al cielo y la Sierra de Cantabria se hincha de promesas. Calderón de la Barca y hasta Don Quijote quedaron seducidos por esta tierra, aunque no llegaran a jugar al golf junto a un viñedo ni completaran la ruta que conecta con la propia ciudad de Logroño. 

Tras esta escapada bucólico-festiva, nada mejor que sumergirse en los calados, túneles subterráneos que utilizan las condiciones naturales del espacio para la conservación del vino gracias a una temperatura constante. En Logroño llegaron a existir hasta 300 estructuras dedicadas al almacenamiento y crianza de este caldo de dioses. Una especie de Venecia vinícola en la que solo unos pocos han llegado hasta nuestros días, como es el caso de Calado de San Gregorio, primera parada de la estimulante exposiciónEl Camino del vino. Tres plantas engloban esta exposición, situada en la calle Ruavieja, la más antigua de Logroño que es a su vez Camino y vino, y donde podemos encontrar más de un calado del siglo XVII.  

Dioniso se quedará a medio camino, pero tú podrás continuar tu periplo. Los pasos de antiguos peregrinos del siglo XI aún resuenan en las calles del centro histórico de la ciudad, entre hitos culturales como el Puente de San Juan de Ortega y edificios icónicos: la Iglesia de Santa María de Palacio sobresale en el skyline de la ciudad gracias a su “aguja”,; la Iglesia de San Bartolomé la más antigua de la ciudad y la  Concatedral de Santa María de la Redonda, con sus dos torres gemelas. Fortificaciones épicas como el Cubo de Revellín, la antigua muralla que protegió a la ciudad de los franceses hace 500 años, o la casa de la Inquisición, hoy sede de la Fundación Dialnet, tampoco pueden faltar en la ruta.

Hasta que te viene ese aroma, el de unas patatas a la riojana que una vez conquistaron a los mejores chefs franceses y hoy pone a prueba al flâneur que llevas dentro. Porque a Logroño vienes por el vino, pero te quedas por la gastronomía riojana, su bacalao, la fritada o los caparrones acompañados con los mejores vinos. Y enlazar con las calles de pinchos, las calles más famosas de la ciudad, las calles Laurel y San Juan, para descubrir que tenemos más de cinco sentidos. Solo entonces, entre bares soñados y relatos locales, descubres que Logroño no es solo un lugar, sino una nueva forma de vivir el otoño.

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Alicantino de nacimiento, amante de cualquier lugar con mínimas de 25ºC. Mi debilidad es escribir en cafés secretos, tengo curry en las venas y una palmera tatuada (tiene su miga, aunque no lo parezca). Una vez gané un premio en Japón.