A finales del siglo XIX, surgió en Francia la figura del flâneur, ese viajero cuyo principal fin consiste en perderse por las calles de una ciudad o pueblo para apreciar el arte de las pequeñas cosas: el aroma que emana esa boulangerie, los matices de un buen vino, o un balcón tapizado de flores y ropa tendida. También en ti hay un flâneur que aún no conoces y atención, spoiler: puedes liberarlo en la ciudad de Narbonne

Ubicada al sur de Francia, Narbonne ostenta el pequeño gran mérito de ser la ciudad romana más antigua de Francia. Rivaliza con Carcasona, aunque nosotros no te hemos dicho nada, y su Cité es el perfecto núcleo desde el que apreciar por qué. El kilómetro 0 desde el que empaparse de todas esas pequeñas cosas.

Admirar la arquitectura de la catedral de Narbona, madre del gótico, cuya torre invita a una panorámica digna de la mejor Story sin filtros. Sentir miedo en el Horreum, las galerías subterráneas de los romanos, o buscar la puesta de sol en un Puente de los Mercantes que bien podría encajar en Florencia. Descubrir costumbrismo del barrio de Le Bourg, el primer acercamiento al otro gran protagonista de la ciudad: ¡el queso!

Nombrada Capital Mundial del Queso, en Les Grands Buffets de Narbona conviven hasta 111 tipos de este manjar: de pasta prensada, de pasta azul, de lo que te ofrezcan. Es el pasaporte al sabor de Occitania, regado siempre por el mejor vino de la tierra. 

En Narbona se funden todos los matices del sur de Francia y se despliega un costumbrismo único en forma de aromas y colores, de historia y ensoñaciones. Sensaciones que descubren al  flâneur que llevas dentro y que aún no conocías.

mm
Alicantino de nacimiento, amante de cualquier lugar con mínimas de 25ºC. Mi debilidad es escribir en cafés secretos, tengo curry en las venas y una palmera tatuada (tiene su miga, aunque no lo parezca). Una vez gané un premio en Japón.