Nunca he participado en un speed dating de singles. Dos horas; varias citas rápidas de cinco minutos; amor a bulto y a toda pastilla. Me resultaría imposible dar lo mejor de mí en cinco minutos. De hecho, en los primeros cinco minutos de una cita es cuando más tartamudeo y más defectos muestro.

Quizás a causa de este acojone atávico -avivado por mi condición de nerd recalcitrante-, siento el apretón del miedo cuando me dicen que tengo que hacer un speed tasting.

Sudor frío. Tos. Ay…

Eso sí, cuando me aseguran que esta modalidad consiste en probar distintos vinos, sin presión femenina al otro lado de la mesa, enseguida recupero la calma. Diablos, bien mirado, decir que no a una tarde de vinitos y tapas de gratelo sería una impertinencia.  

No soy un sibarita del vino, tengo un paladar justito y castigado. No sé nada de speed dating y mucho menos de speed tasting. Vaya, que soy el invitado ideal para un evento así. Virgen a los 40. De modo que llego al Gran Hotel Calderón de Barcelona, lugar donde se celebra el evento, con muchas incógnitas golpeándome las sienes. ¿Qué será esto del speed tasting? ¿Nos darán porrones? ¿Nos servirán sándwiches de Nesquik con mantequilla o serán más sofisticados en los acompañamientos?

No tardo en despejar todos mis miedos. La sala está perfectamente preparada, la organización funciona como un reloj, el espacio es luminoso y hay abundancia de público.  La mecánica es sencilla: hay 14 mesas con 14 vinos de distintas bodegas. Durante 6 minutos, el bodeguero nos dará las claves de su caldo, marinado para la ocasión con una tapa. Probaremos el néctar, engulliremos la comida, adiós muy buenas y a la siguiente mesa. Pinta bien.

Una foto publicada por Atrápalo España (@atrapaloes) el

Y pinta peligroso

El rictus tenso de los novatos delata el miedo a la taja. No son pocos los que piensan que 14 copas de vino pueden convertir la velada en los 40 minutos finales de Resacón en Las Vegas, con tigres, tatuajes y lo que Dios disponga. Afortunadamente, esto no es un sprint para ver quién baila primero el limbo rock, esto es una velada de degustación y educación del paladar: con un sorbo bastará. Además, se puede vaciar la copa en un escupidero sin que nadie se tire de los pelos. Crisis de la melopea solucionada.

Empieza, pues, el tercer Speed Tasting promovido por la Asociación Qalidès, Terrers del Penedès y Atrápalo. Aunque hay 14 grupos y unas seis o siete personas en cada grupo, el ambiente, lejos de ser caótico y ruidoso, es distendido y calmoso.

Después de los discursos iniciales de rigor, Andrea Tumbarello, el chef del restaurante Don Giovanni, nos regala un monólogo memorable, prepara una tapa in situ y se revela como un auténtico showman, mientras enarbola un pimentero del tamaño de un trabuco prusiano. “Así, la gente no se lo lleva a casa”, asegura. Tamburello se encarga de encender la chispita con su labia. La gente se descojona. El despliegue de vinos del Penedès y las 14 tapas que ha imaginado el maestro italiano harán el resto.            

Me asombra el orden y la pulcritud con que funciona la rotación de mesas. Los 6 minutos son tiempo más que suficiente para ir catando los caldos y hacer cojín con las viandas. Me sorprende la entrega de los bodegueros a la hora de explicar las virtudes de sus vinos; discursos entendibles, pedagógicos y amables. Ganas de gustar.  Conversaciones con fondo y sabiduría vinícola.

No me cuesta nada entrar en el juego. Tampoco a mis compañeros de equipo. Nadie se toma la justicia por su hígado, nadie engulle las copas hasta la última gota. Hay prudencia. Seny català. Las escupideras se convierten en el mejor apoyo.

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En Pares Baltà nos regalan un blanco orgiástico. También lo es el de Albet i Noya. Además, la copa viene con una cuchara con berberecho, chips y Martini Royale: este maridaje es uno de los highlights de la tarde. El xarel·lo ecológico Roent de Gramona es también para sacar un matasuegras. Hay tintos sutiles, con cuerpo o con sabor a tierra. El de finca Villadellops me fascina.  Solo detecto un rosado, pero vaya rosado. Se llama Gran Caus y me hace olvidar de raíz esas cenas en pizzerías baratas a los 20 años, con garrafas de vino rosado radioactivo. De hecho, no hay una sola mesa de la que salgamos insatisfechos con los néctares ofrecidos.

Mientras la burrata, la presa ibérica, el ravioli de cangrejo y la crema de pera con mascarpone absorben los líquidos en mi estómago, y los vapores alcohólicos se estabilizan, me deleito con el dúo musical que ameniza la velada. Dos chicas. Saxo y bajo. Se llaman Groovin’ Twice. Reconozco un par de clásicos del jazz. Me dejo embriagar por la pericia de la bajista, que se marca unas escalas que harían llorar de felicidad a Bootsy Collins. La saxofonista pone a prueba sus pulmones y suelta melodías lejanas de Miles Davis.  

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Y vuelvo a la Tierra…

Estamos llegando a las últimas mesas. Las dos horas han pasado volando. En la mesa de  Jean Leon, nos cuentan la agitada y glamurosa vida del propietario. Escuchamos historias de la Edad de Oro de Hollywood. Hay disfrute.  El recorrido del speed tasting ha sido suave, fluido y ameno. Las tapas de Tumbarello han acompañado a cada copa con elegancia. En el terreno de los líquidos, se ha impuesto la contención; no veo a nadie cantar la marsellesa, no veo congas. Todo en orden.

Porque la gente ha venido a degustar vinos, a conocerlos. Y lo ha hecho a fondo. Didáctico y revelador, el speed tasting no solo te permite descubrir un amplio abanico de variedades en un espacio corto de tiempo, también te pone en contacto directo con los apasionados actores de esta función: los que se la han jugado por una bodega y relatan los secretos de sus vinos con el mismo amor que invierten en sus viñedos.

Salgo con un baile de sabores terrosos y ácidos en la punta de la lengua: Sabaté i Coca, Finca Els Camps, Jané Ventura, Mas Candí, han sido tantos… Desde el punto de vista de un neófito, como el que esto firma, el speed tasting de vinos termina con un alto grado de satisfacción, buena nota y un estado de felicidad etílica, tan solo atribuible a la calidad de los caldos y a la racionalidad con que la gente ha encarado esta experiencia. Algunos lo llaman puntillo y es la mejor sensación del mundo.           

 

Quizás a causa de este acojone atávico -avivado por mi condición de nerd recalcitrante-, siento el apretón del miedo cuando me dicen que tengo que hacer un speed tasting.

Sudor frío. Tos. Ay…

Eso sí, cuando me aseguran que esta modalidad consiste en probar distintos vinos, sin presión femenina al otro lado de la mesa, enseguida recupero la calma. Diablos, bien mirado, decir que no a una tarde de vinitos y tapas de gratelo sería una impertinencia.  

No soy un sibarita del vino, tengo un paladar justito y castigado. No sé nada de speed dating y mucho menos de speed tasting. Vaya, que soy el invitado ideal para un evento así. Virgen a los 40. De modo que llego al Gran Hotel Calderón de Barcelona, lugar donde se celebra el evento, con muchas incógnitas golpeándome las sienes. ¿Qué será esto del speed tasting? ¿Nos darán porrones? ¿Nos servirán sándwiches de Nesquik con mantequilla o serán más sofisticados en los acompañamientos?

No tardo en despejar todos mis miedos. La sala está perfectamente preparada, la organización funciona como un reloj, el espacio es luminoso y hay abundancia de público.  La mecánica es sencilla: hay 14 mesas con 14 vinos de distintas bodegas. Durante 6 minutos, el bodeguero nos dará las claves de su caldo, marinado para la ocasión con una tapa. Probaremos el néctar, engulliremos la comida, adiós muy buenas y a la siguiente mesa. Pinta bien.

Una foto publicada por Atrápalo España (@atrapaloes) el

Y pinta peligroso

El rictus tenso de los novatos delata el miedo a la taja. No son pocos los que piensan que 14 copas de vino pueden convertir la velada en los 40 minutos finales de Resacón en Las Vegas, con tigres, tatuajes y lo que Dios disponga. Afortunadamente, esto no es un sprint para ver quién baila primero el limbo rock, esto es una velada de degustación y educación del paladar: con un sorbo bastará. Además, se puede vaciar la copa en un escupidero sin que nadie se tire de los pelos. Crisis de la melopea solucionada.

Empieza, pues, el tercer Speed Tasting promovido por la Asociación Qalidès, Terrers del Penedès y Atrápalo. Aunque hay 14 grupos y unas seis o siete personas en cada grupo, el ambiente, lejos de ser caótico y ruidoso, es distendido y calmoso.

Después de los discursos iniciales de rigor, Andrea Tumbarello, el chef del restaurante Don Giovanni, nos regala un monólogo memorable, prepara una tapa in situ y se revela como un auténtico showman, mientras enarbola un pimentero del tamaño de un trabuco prusiano. “Así, la gente no se lo lleva a casa”, asegura. Tamburello se encarga de encender la chispita con su labia. La gente se descojona. El despliegue de vinos del Penedès y las 14 tapas que ha imaginado el maestro italiano harán el resto.            

Me asombra el orden y la pulcritud con que funciona la rotación de mesas. Los 6 minutos son tiempo más que suficiente para ir catando los caldos y hacer cojín con las viandas. Me sorprende la entrega de los bodegueros a la hora de explicar las virtudes de sus vinos; discursos entendibles, pedagógicos y amables. Ganas de gustar.  Conversaciones con fondo y sabiduría vinícola.

No me cuesta nada entrar en el juego. Tampoco a mis compañeros de equipo. Nadie se toma la justicia por su hígado, nadie engulle las copas hasta la última gota. Hay prudencia. Seny català. Las escupideras se convierten en el mejor apoyo.

_DSC8889

En Pares Baltà nos regalan un blanco orgiástico. También lo es el de Albet i Noya. Además, la copa viene con una cuchara con berberecho, chips y Martini Royale: este maridaje es uno de los highlights de la tarde. El xarel·lo ecológico Roent de Gramona es también para sacar un matasuegras. Hay tintos sutiles, con cuerpo o con sabor a tierra. El de finca Villadellops me fascina.  Solo detecto un rosado, pero vaya rosado. Se llama Gran Caus y me hace olvidar de raíz esas cenas en pizzerías baratas a los 20 años, con garrafas de vino rosado radioactivo. De hecho, no hay una sola mesa de la que salgamos insatisfechos con los néctares ofrecidos.

Mientras la burrata, la presa ibérica, el ravioli de cangrejo y la crema de pera con mascarpone absorben los líquidos en mi estómago, y los vapores alcohólicos se estabilizan, me deleito con el dúo musical que ameniza la velada. Dos chicas. Saxo y bajo. Se llaman Groovin’ Twice. Reconozco un par de clásicos del jazz. Me dejo embriagar por la pericia de la bajista, que se marca unas escalas que harían llorar de felicidad a Bootsy Collins. La saxofonista pone a prueba sus pulmones y suelta melodías lejanas de Miles Davis.  

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Y vuelvo a la Tierra…

Estamos llegando a las últimas mesas. Las dos horas han pasado volando. En la mesa de  Jean Leon, nos cuentan la agitada y glamurosa vida del propietario. Escuchamos historias de la Edad de Oro de Hollywood. Hay disfrute.  El recorrido del speed tasting ha sido suave, fluido y ameno. Las tapas de Tumbarello han acompañado a cada copa con elegancia. En el terreno de los líquidos, se ha impuesto la contención; no veo a nadie cantar la marsellesa, no veo congas. Todo en orden.

Porque la gente ha venido a degustar vinos, a conocerlos. Y lo ha hecho a fondo. Didáctico y revelador, el speed tasting no solo te permite descubrir un amplio abanico de variedades en un espacio corto de tiempo, también te pone en contacto directo con los apasionados actores de esta función: los que se la han jugado por una bodega y relatan los secretos de sus vinos con el mismo amor que invierten en sus viñedos.

Salgo con un baile de sabores terrosos y ácidos en la punta de la lengua: Sabaté i Coca, Finca Els Camps, Jané Ventura, Mas Candí, han sido tantos… Desde el punto de vista de un neófito, como el que esto firma, el speed tasting de vinos termina con un alto grado de satisfacción, buena nota y un estado de felicidad etílica, tan solo atribuible a la calidad de los caldos y a la racionalidad con que la gente ha encarado esta experiencia. Algunos lo llaman puntillo y es la mejor sensación del mundo.           

 

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Odio la autoridad y la censura, y escribo sobre lo que sea, pero solo con una condición: tocar los cojones y/o hacer reír al que está al otro lado.