Festival de anécdotas en festivales

Henar Ortega 4 minutos
¿Cuál es la peripecia más sonada que has vivido en un festival de música? Estarás conmigo en que son una mina de recuerdos imborrables. Juguemos a algo: yo te voy a contar mis anécdotas más sonadas, y tú te vas a acordar de las tuyas y vas a celebrar haber ido a tantos festivales.

Cuando planeas ir a un festival no eres consciente de la cantidad de buenos momentos que vas a vivir por minuto. Amigos, buena música. Probablemente algunas incomodidades para dormir también (en la cúspide estaría la tienda de campaña). Son los pilares básicos para lograr una amalgama de situaciones perfecta. Lo digo por experiencia propia. Hubo un tiempo en el que mi ocio veraniego era, básicamente, ir a festivales de música. Lo mismo me daba Murcia que Camarzana de Tera, o Cullera que Badajoz: si había un festi del que me gustara el cartel y para el que tuviera aliados, allí me plantaba.

Como soy muy así de compartir historias y chascarrillos de Emperadora del ocio (así me llaman desde esa época), hoy he decidido sacar algunas a relucir, mías y que me han contado. Me estoy descojonando desde ya y espero, querida alma Houdini, llegar a robarte alguna carcajada. Allá vamos.

Las típicas batallitas

Aquí viene cuando me desperté el último día del Contempopránea en el camping (a.k.a. terraplén) con un alacrán mirándome a los ojos. Polvo del desierto, calor del infierno y resaca como guinda del pastel. Cogí mis cosas tan rápido como pude y huí. Allí se quedó la tienda de campaña, no te digo más.

¿Y la del Santander Music Festival? He ido varios años y siempre tiene miga. Una vez íbamos 5 amigos con muchos bocatas. M-U-C-H-O-S B-O-C-A-T-A.S, varias bolsas de supermercado llenas, y nos dicen en la puerta que no se puede meter comida. Ahí mi colega, rápido como un rayo, suelta: “Es que somos una excursión de celíacos, son de un pan especial que nos hacen en Cádiz”. Todos picuetos. Por entonces no era tan conocida la celiaquía ni había tanto producto apto para esta enfermedad. No tuvieron más remedio que dejarnos entrar con todo. Más tarde me adjudicarían un nuevo apodo “corazón de gluten”, pero esa ya es otra historia.

Con la comida no se juega

Todavía recuerdo a la perfección del sabor de aquellas albóndigas de chocos en Isla Cristina (Huelva), uno de los miles de años que fuimos al South Pop. Con el sobrenombre de ‘albóndigas de ácido’ se quedaron, y su color amarillo fosforito yo creo que estaba inspirado en los focos de los conciertos. En ese mismo extinto festival (qué pena, ¡era lo mejor!), en uno de los bares junto al recinto, una amiga tuvo que entrar a la cocina a poner orden con las comandas.

Idiliquismo por doquier

Hay festivales enclavados en ubicaciones que flipas. Me sucedió en el V de Valarés, en esa recóndita y divina playita gallega. Las Noches del Botánico en Madrid impresionan bastante también por su belleza. Y luego ya están los festivales decorados cuquísimos, como el Vida, con sus lucecitas monas y escenarios escondidos. Al Paral·lel festival aún no he ido, pero me cuentan (y es lo que más me atrae) que está ubicado en un campo verde estupendo para vivir tranquilamente un par de jornadas de la electrónica más gustosa.

Y otro que tengo pendiente que es maravilloso es el Sin Sal Audio, en la Isla de San Simón (cerca de Vigo): vas en barco a un islote en el  que se enclavan pequeños conciertos por todos los rincones. Suena divino irte con lo maravilloso del lugar como una de las mayores anécdotas, ¿no?

También hay frikismo

Sonorama, hace más de una década. De camino a la tienda de campaña a las tantas de la madrugada, en mitad del camping, se oyó claramente una conversación de otros trasnochadores. “A las once en casa, la puta mejor serie del mundo”, espetaba uno con mucha vehemencia. ‘Facepalm’ absoluto.

Y qué decir de cuando me dio por ponerme unas pamelas y unos vestidos muy de Doña, y aparecí en la piscina del Contempopránea con mi amiga Ana. Otros amigos nos vieron de lejos y luego confesaron haber hablado entre ellos “Mira, Ana con su madre”. Dios santo, esas eran mis pintas. Sigo sin entenderlo, o sea, sin entenderme, jajajaja.

Muerte y destrucción

Como todo festi que se precie, hay veces en las que vives auténticas resacas del infierno. Recuerdo una en el FIB, en las duchas comunales con amigos, sufriendo y protagonizando el anuncio de Fa al mismo tiempo.

Como todo festi que se precie, hay veces en las que vives auténticas resacas del infierno

Lo bueno es que muchas de esas resacas de juventud se arreglan con una buena comilona: un rico arroz si ibas al SOS Murcia (ahora WAM); unos buenos pintxos con bien de mayonesa en el País Vasco si vas al BBK; especialidades gallegas maravillosas si estás en el Portamérica, en Pontevedra Un festi en el que, además, puedes colmar tus hambres con su sección foodie, cada vez con más y más chefs de renombre preparando sus especialidades allí mismo en el recinto.

Y leyendas urbanas

Una vez me contaron de alguien que se dejó la cartera en la guantera del coche en el Contempopránea y que, como hacía 50 grados de temperatura más o menos, se le fundió la tarjeta de crédito ¡como si fuera una loncha de cheddar en una hamburguesa!

O la mítica leyenda del Arenal Sound y la famosa “ducha de mierda”: se dice que la empresa encargada de limpiar los baños portátiles dio al botón contrario a succionar y, al levantar la manguera, aquello empezó a expulsar excrementos como si fuera un aspersor. El último día, con todo el resacón y con un calor demencial, imagínate la situación. ¡Pesadillesco!

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Ya está, soy la “vieja del visillo” de las correrías en festivales. Solo le pido a mi memoria que siga guardando como tesoros todas estas historietas, y que nunca me hagan un “Eternal Sunshine of the Spotless Mind”. Porque mira, ahora ya no aguanto más de 5 horas seguidas en un festival, pero que me quiten lo disfrutao cuando lo que me flipaba era despertarme a las 10 de la mañana con las pruebas de sonido y el Eric Planetas de turno aporreando la batería.