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‘Il Trovatore’ o cómo Goya plasma en su lienzo la obra inmortal de Verdi

Las luces del emblemático Liceu se atenúan. Los músicos afinan sus instrumentos y, acomodada en la butaca desde la que voy a hacer el viaje en el tiempo más alucinante con destino al siglo XIX, pienso que este artículo solo lo puedo abordar desde la honestidad.

Esta noche, sobrecogida ya por la espectacular decoración de la sala, me siento como Julia Roberts en ‘Pretty Woman’.
Aunque soy una ávida consumidora de cultura, nunca antes había asistido a la ópera. Los amantes más experimentados de este género entenderéis esa sensación tan intensa de la primera vez delante de algo más grande que la vida, que te seca la boca de la emoción y te coloca los nervios en el estómago. Sí, ’Il Trovatore’ de Verdi me estaba esperando (y te está esperando) para este trascendental momento.

Lo sentirás en la electricidad que recorre tu espalda nada más escuchar en boca del capitán Ferrando la oscura historia que te sumerge en la trágica lucha que mantienen el trovador Manrico y el Conde Luna, enfrentados por el amor de la noble Leonora, en medio de un cruento marco bélico.

Amor desatado, venganza, un secreto más terrible que el de Casey Affleck en ‘Manchester frente al mar’ (aunque parezca imposible), un malo no tan malo, brujas que tampoco lo son tanto, un poeta con ‘mojo’, duelos a cara de perro, destinos abocados a fatalidades peores que los de ‘Juego de tronos’, los estragos de la guerra y Goya.

La audacia de esta nueva representación de ‘Il Trovatore’ radica en que introduce al genio aragonés, situando la acción siglos más tarde de la trama original. Nada menos que durante la guerra de la independencia contra las tropas de Napoleón. A Goya le pasó lo que a cualquiera al encontrarse en medio de aquella situación: quedó más traumatizado que Christopher Walken en ‘El cazador’. Pero, en vez de convertirse en adicto de la ruleta rusa o hacerse una bolita y rodar ladera abajo, cual intrépido reportero de guerra denunció a través de una extensa serie de grabados el sinsentido de la guerra, que acabaron conformando los célebres y sobrecogedores ‘Los desastres de la guerra’. Aquí, el artista se convierte en testigo ocular y cronista silencioso mientras sus ilustraciones bañan y contextualizan la emocionante acción que se desarrolla sobre el escenario.    

Casi es de rigor tener un momento ‘proustiano’, mientras todos los estímulos impactan y secuestran tus sentidos. No podrás evitar retrotraerte a esa clase de Lenguaje Musical, en la que tu profe –experto en el género, claro–, no paraba de usar el palabro ‘apriorísticamente’ con la que te hacía sentir un poco cenutria. No podrás parar de pensar que la expresión más llamativa que acabas de aprender, y con las que has ido a un espectáculo que son palabras mayores es ‘covfefe’, y se la has robado a Trump. (Tranquila, ninguna está en el DRAE). O aquella vez que te salió en examen ‘El lago de los cisnes’ y lo analizaste como un pato.

La ópera es mucho más divertido que todo lo que nos han enseñado sobre música clásica, palabrita de James Rhodes, que ama a Verdi. Es un entretenimiento para todos los públicos, y más aún una historia con un trasfondo social e histórico tan potente como en el caso de ‘Il Trovatore’. Sentirás cómo te desquitas y verás qué gustazo.

 Sobre fuerza y potencia tiene mucho que decir la historia de Manrico, Leonora y el Conde Luna. Las que sentirás retumbar dentro del pecho en el exultante y enardecedor ‘Coro del yunque’. Si a Woody Allen le entraban ganas de invadir Polonia con Wagner, este fragmento se convertirá desde ya en tu banda sonora para perpetrar una venganza o cuando avances triunfante haciendo la asana del guerrero tras haber conquistado el mundo (no desfallezcas, algún día). Sí, hay quien preferiría un tema de Pantera, pero tú eres más ‘classy’.

Sobre vendettas, la tercera parte de ‘El Padrino’ nos había enseñado que la ópera es un sitio fantástico para llevarlas a cabo. Tiene su rollo, hay que admitirlo, y sabemos que no tienes miedo a la muerte estilo imperio. Y es que no es lo mismo morir enterrando un pollo en la nieve como el pensador Francis Bacon, que saber que un francotirador de gatillo fácil te apunta con su arma con silenciador. A no ser que hayas hecho algo muy gordo, la única venganza que te va a atrapar va a ser en la que está involucrada la gitana Azucena, vehículo y causa de las catastróficas consecuencias que sufren los protagonistas.

Sin duda, su revelación es y se convierte a golpe de talento en uno de los momentos más conmovedores y estremecedores de esta versión dirigida por Joan Anton Rechi. Haciéndolo brotar de la gruta teñida de lo negro de la vida que es el alma de Azucena, Marianne Cornetti te atraviesa mientras reproduce el horror y la angustia que la atormenta, en duelo interpretativo con Marco Berti. Definitivamente, en ese momento, todos somos Manrico.

Hacía nueve años que el Liceu no albergaba una representación de ‘Il Trovatore’. Que la inmortal obra de Verdi vuelva a sus tablas con esta original y osada propuesta escénica y estética, después de tanto tiempo, lo convierte en todo un acontecimiento cultural. Mucho más que el anuncio de los turrones El Almendro.

Con la intención de sacar la ópera a la calle, se ha programado dentro de las actividades de ‘Liceu a la fresca’ la proyección de ‘Il Trovatore’ en 165 localidades distribuidas por todo el territorio nacional. El teatro retransmite el 21 de julio a las 22h la función de ese mismo da en lugares tan representativos como la explanada del Guggenheim, que también cumple 20 años. Pero tranquilas, si os perdéis esa cita, aún tenéis la oportunidad de verla en vivo y en directo hasta el 29 de julio.       

Glòria Fernández

@CitizenGloria

Politorpe pervertida. A veces, Batman

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