De hecho, subo desde la estación del tren hasta el Hotel Melià, donde está el punto neurálgico del evento, con la esperanza de encontrar, este año sí, un monumento a mí, al espectador que siempre pagó sus entradas, que hizo la cola de los pringados, la de abajo (la que los invitados miran en plano picado desde el acceso del hotel) y que nunca se acreditó para la revista “Caballos y sabuesos” o “Radio WKRP” para entrar gratis. Siento como si el festival se hubiera mantenido a flote gracias a mí, a esta especie de falsa honestidad. Y por eso quiero mi homenaje. Pero esta año me temo que tampoco lo tendré. Por suerte, el certamen no me necesita para sobrevivir y, además, en esta edición los honores se los llevará Oliver Stone. Lo entiendo y acepto dejar lo mío para más adelante.

Elegir butaca

Donde debería estar mi figura ecuestre está la tienda del Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya (vamos, el Festival de Terror de Sitges), en la que me entretengo hojeando los libros mientras todos los demás hacen cola. Es lo que tiene ir de sobrado. ¿Por qué ponerse en la fila si las mejores localidades del Auditori son las laterales, las que nadie quiere? Hace tiempo que dejé de sumarme al éxodo de espectadores sentados en los extremos que al apagarse las luces se abalanzan con codos y uñas sobre los asientos que los invitados han dejado libres en la parte central. En Sitges a menudo los subtítulos en catalán y castellano están en unos paneles situados debajo de la pantalla. Si te sientas enfrente y tienes la mala suerte (porque la tendrás, Murphy seguro que tiene algo que decir al respecto) de que el de delante sea un poquito más alto que tú, prepárate para contar canas o mover el cuello como los perritos de plástico de las guanteras de los coches. ¿Y qué pasa en el lateral? Pues nada de todo esto. Te lo dice alguien que viene de la Comarca.

Aquí se hace ruido

Por raro que parezca, en las salas del Festival de Sitges, no reina el silencio del cinéfilo de boli-linterna. No se trata de hablar por hablar ni de torturar palomitas con la mandíbula. Aquí el ruido es respetuoso. Se celebran las escenas más salvajes con vítores y se aplauden los nombres de las personas que han venido a presentar la peli cuando aparecen en los créditos. El cine, en el certamen, se disfruta y se celebra. Especialmente, en las dos salas del centro del pueblo, Retiro y Prado. El ambiente en la primera a la una de la madrugada con la proyección de una más de Takashi Miike es equivalente a una semifinal de la Champions. A estas horas, el cine también huele a humanidad. Yo solo aviso. :-)

Comer rápido y sin arruinarse

Ver cinco pelis del tirón abre el apetito. Sí, en el festival también se come. A menudo, con prisas y por poco dinero, ya que nos lo hemos gastado todo en entradas y comisiones (¿cuándo me pedirán las medidas para la estatua?). Pero estas limitaciones valen la pena, porque son la excusa perfecta para desplazarse hasta La Cantonada. Un pequeño frankfurt al final de la calle del Pecat (en Marquès de Montroig, 18) que funciona como un food truck sin ruedas y sedentario. Pides las comida a través de la barra americana, te la sirven y te vas a comer tu frankfurt, hamburguesa y patatas fritas mirando al mar o a los famosos.

Tarantino y yo

Una vez caminé al lado de Tarantino. Él salía del ascensor del Hotel Melià y yo pasaba por ahí. Desde entonces le llamo Quentin. El Festival de Sitges es lo suficientemente pequeño para tener estas cosas. En el hall y el jardín del hotel los que pagamos entrada nos mezclamos con los invitados, los periodistas, los actores y directores. Es fácil cruzarte con Dario Argento, rozarte con Viggo Mortensen, ver brillar a Elena Anaya o chocar con el veterano Jaume Figueras. Si buscas a Santiago Segura, lo encontrarás dentro de la sala. Aquí se viene a ver cine y él aprovecha su invitación.   

Perder el tren

Aunque ahora voy de sobrada, yo una vez fui primeriza en el Festival de Sitges y sufrí la mala planificación. En algún momento correrás y te dejarás la vida por llegar a tiempo desde el Auditori al Prado o, peor aún, desde el Auditori hasta el andén donde está a punto de salir el último convoy dirección Barcelona, de nombre: Fantàstic. Este tren no espera. Sale, en principio, a la 1:30  y si la película ha empezado con retraso (que seguro que habrá empezado con retraso) no hará ninguna excepción. Si pierdes el tren, aún tienes la opción del bus. Con suerte, solo tendrás que hacer tiempo un poco más de una hora y media hasta que arranque. A las tres de la madrugada, ¿a quién le importa esperar? Como alternativa, se puede ir en coche por las costas del Garraf o pagar lo que valen dos entradas de cine en la autopista.

Cuando me hagan el homenaje, espero que me inviten a dormir.

¿Cómo se llama? Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya.
¿Dónde se celebra? En Sitges.
¿Cuándo? Del 9 al 18 de octubre de 2016 (la mejor época del año en Sitges).
¿Sólo proyectan pelis de terror? No. También fantásticas, de ciencia ficción y de acción.
¿Cuándo te harán el monumento? El año que viene, fijo.
El mérito: haberme enrollado más que en una escena de un film de Quentin sin haber escrito una metáfora relacionada con el terror.

Imágenes de Valerie Hinojosa y Dani Armengol Garreta.

De hecho, subo desde la estación del tren hasta el Hotel Melià, donde está el punto neurálgico del evento, con la esperanza de encontrar, este año sí, un monumento a mí, al espectador que siempre pagó sus entradas, que hizo la cola de los pringados, la de abajo (la que los invitados miran en plano picado desde el acceso del hotel) y que nunca se acreditó para la revista “Caballos y sabuesos” o “Radio WKRP” para entrar gratis. Siento como si el festival se hubiera mantenido a flote gracias a mí, a esta especie de falsa honestidad. Y por eso quiero mi homenaje. Pero esta año me temo que tampoco lo tendré. Por suerte, el certamen no me necesita para sobrevivir y, además, en esta edición los honores se los llevará Oliver Stone. Lo entiendo y acepto dejar lo mío para más adelante.

Elegir butaca

Donde debería estar mi figura ecuestre está la tienda del Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya (vamos, el Festival de Terror de Sitges), en la que me entretengo hojeando los libros mientras todos los demás hacen cola. Es lo que tiene ir de sobrado. ¿Por qué ponerse en la fila si las mejores localidades del Auditori son las laterales, las que nadie quiere? Hace tiempo que dejé de sumarme al éxodo de espectadores sentados en los extremos que al apagarse las luces se abalanzan con codos y uñas sobre los asientos que los invitados han dejado libres en la parte central. En Sitges a menudo los subtítulos en catalán y castellano están en unos paneles situados debajo de la pantalla. Si te sientas enfrente y tienes la mala suerte (porque la tendrás, Murphy seguro que tiene algo que decir al respecto) de que el de delante sea un poquito más alto que tú, prepárate para contar canas o mover el cuello como los perritos de plástico de las guanteras de los coches. ¿Y qué pasa en el lateral? Pues nada de todo esto. Te lo dice alguien que viene de la Comarca.

Aquí se hace ruido

Por raro que parezca, en las salas del Festival de Sitges, no reina el silencio del cinéfilo de boli-linterna. No se trata de hablar por hablar ni de torturar palomitas con la mandíbula. Aquí el ruido es respetuoso. Se celebran las escenas más salvajes con vítores y se aplauden los nombres de las personas que han venido a presentar la peli cuando aparecen en los créditos. El cine, en el certamen, se disfruta y se celebra. Especialmente, en las dos salas del centro del pueblo, Retiro y Prado. El ambiente en la primera a la una de la madrugada con la proyección de una más de Takashi Miike es equivalente a una semifinal de la Champions. A estas horas, el cine también huele a humanidad. Yo solo aviso. :-)

Comer rápido y sin arruinarse

Ver cinco pelis del tirón abre el apetito. Sí, en el festival también se come. A menudo, con prisas y por poco dinero, ya que nos lo hemos gastado todo en entradas y comisiones (¿cuándo me pedirán las medidas para la estatua?). Pero estas limitaciones valen la pena, porque son la excusa perfecta para desplazarse hasta La Cantonada. Un pequeño frankfurt al final de la calle del Pecat (en Marquès de Montroig, 18) que funciona como un food truck sin ruedas y sedentario. Pides las comida a través de la barra americana, te la sirven y te vas a comer tu frankfurt, hamburguesa y patatas fritas mirando al mar o a los famosos.

Tarantino y yo

Una vez caminé al lado de Tarantino. Él salía del ascensor del Hotel Melià y yo pasaba por ahí. Desde entonces le llamo Quentin. El Festival de Sitges es lo suficientemente pequeño para tener estas cosas. En el hall y el jardín del hotel los que pagamos entrada nos mezclamos con los invitados, los periodistas, los actores y directores. Es fácil cruzarte con Dario Argento, rozarte con Viggo Mortensen, ver brillar a Elena Anaya o chocar con el veterano Jaume Figueras. Si buscas a Santiago Segura, lo encontrarás dentro de la sala. Aquí se viene a ver cine y él aprovecha su invitación.   

Perder el tren

Aunque ahora voy de sobrada, yo una vez fui primeriza en el Festival de Sitges y sufrí la mala planificación. En algún momento correrás y te dejarás la vida por llegar a tiempo desde el Auditori al Prado o, peor aún, desde el Auditori hasta el andén donde está a punto de salir el último convoy dirección Barcelona, de nombre: Fantàstic. Este tren no espera. Sale, en principio, a la 1:30  y si la película ha empezado con retraso (que seguro que habrá empezado con retraso) no hará ninguna excepción. Si pierdes el tren, aún tienes la opción del bus. Con suerte, solo tendrás que hacer tiempo un poco más de una hora y media hasta que arranque. A las tres de la madrugada, ¿a quién le importa esperar? Como alternativa, se puede ir en coche por las costas del Garraf o pagar lo que valen dos entradas de cine en la autopista.

Cuando me hagan el homenaje, espero que me inviten a dormir.

¿Cómo se llama? Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya.
¿Dónde se celebra? En Sitges.
¿Cuándo? Del 9 al 18 de octubre de 2016 (la mejor época del año en Sitges).
¿Sólo proyectan pelis de terror? No. También fantásticas, de ciencia ficción y de acción.
¿Cuándo te harán el monumento? El año que viene, fijo.
El mérito: haberme enrollado más que en una escena de un film de Quentin sin haber escrito una metáfora relacionada con el terror.

Imágenes de Valerie Hinojosa y Dani Armengol Garreta.
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Solo llego puntal cuando voy al cine, no sé resistirme a un mal plan y soy tan inútil orientándome que me perdería en mi propio museo. Espero que algún día declaren las patatas chips pilar de la dieta mediterránea. Me acompaña un ratón vaquero de nombre Cowmouse.