Un viaje por la Comunitat Valenciana

Un día (o una vida) en La Terreta, claro. 

Siempre amanece. Pero hay lugares donde el día llega un poco antes. Lo entiendes mientras tomas café frente al mar en Peñíscola. Un gato te espía desde la ventana, las puertas azules brillan entre el blanco encalado y el mar de fondo. Siempre el mar.

Porque en la Comunitat Valenciana el día empieza… pero nunca sabes dónde vas a acabar. A qué rincón te llevará. Ese momento en el que el paisaje deja de estar fuera y empieza a quedarse contigo.

Perderse por Castellón

Lo confirman los colores de las antiguas villas de Benicasim, abrazando el Mediterráneo mientras paseas sin prisa O el encanto blanco y azul del casco antiguo de Peñíscola, donde todos los caminos terminan en el Castillo de Papa Luna, entre ecos templarios.

Y después Morella, claro. Bajar hacia sus murallas, caminar entre piedra e historia y levantar la vista hacia las torres del castillo. Aquí el pasado no se explica: se pisa.

Un esmorzaret (y más) en Valencia

Conviene dejar hueco para el esmorzaret en el Cabanyal, el barrio marinero de Valencia. Porque aquí el día puede enlazar fácilmente con otro festín: por ejemplo, en una mesa de la ciudad donde brillan los Soles Repsol y las estrellas Michelin.

Aunque siempre cabe la opción de poner rumbo a l’Albufera, dejándonos llevar por el aroma de una auténtica paella hasta El Palmar, rodeado de cañares y arrozales.

Porque comer bien en la Comunitat Valenciana no es un lujo. Es tradición. Y el día aún tiene muchas horas por delante.

Siguiendo el azul interior

El azul del mar también salta a Chulilla, donde podrás realizar la Ruta de los Pantaneros desde el casco antiguo del pueblo hasta llegar al Charco Azul.

Un paisaje que se cuela contigo en el coche cuando sigues ruta por el interior valenciano, entre joyas como Xàtiva. Dos castillos; el Menor, de origen íbero, y el Mayor, de carácter romano, que recuerdan que aquí la historia nunca queda lejos.

Un recorrido que se completa con Bocairent y les Covetes del Moros, un grupo de cuevas excavadas para guardar alimento, además de la Cava de Sant Blai, un antiguo almacén de nieve natural.

Una tarde entre iglesias y acatilados

Y de pronto, el Mediterráneo vuelve a aparecer. Moraira susurra entre pinos y calas de agua clara mientras caminas por su paseo marítimo. Después llegan las cúpulas azules de la iglesia de Altea, los balcones llenos de flores y el aroma de una gastronomía que cambia de estación: olleta para despedir el invierno y arròs del senyoret cuando empieza a oler a buen tiempo.

A partir de aquí, la primavera se desliza entre el acantilado desde el que saluda El Castell de  Guadalest, con su campanario suspendido sobre la huerta alicantina y del que en algún momento parece que caerá la larga cabellera de Rapunzel.

Cae el sol en Alicante

Los colores de las casas de pescadores de Villajoyosa brillan más que nunca antes de un atardecer que podrías admirar desde la Illeta dels Banyets, en El Campello; o desde lo alto de un Castillo de Santa Bárbara que domina todo el skyline de Alicante.

En el Barrio Santa Cruz ya se colocan las primeras sillas a la fresca, las Cruces de Mayo hablan de flores que no conocías y el tapeo aparece en alguna terraza mientras el cielo se llena de estrellas.

Entonces lo entiendes.

El hechizo de la Comunitat Valenciana es sencillo: el paisaje sigue ahí fuera… pero algo ya se ha quedado contigo.

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