Uno, al sentir la morriña en sus carnes (lozanas o no) debe agarrar el vehículo que se ajuste mejor a su forma de viajar: ya sea el tren de los tranquilos, el avión de los inmediatos, el coche de los intrépidos (sin modorra, por favor) o los pies de los peregrinos tras su Pía travesía; y así se entra en la tierra de las meigas a vivir una de las experiencias más memorables que podrá recordar. ¿Podrá recordarla? Depende de la cantidad de queimadas y orujos con los que uno vuelva entre pecho y espalda.

San Juan en A Coruña es como esquiar en Aspen: único. Exclusivo.

Galicia y su gente son amables y auténticas. Especiales, dicen algunos; inclonables, dicen otros; geniales, digo yo. No hay que olvidar que Galicia es todo, desde Luz Casal a Luis Tosar o incluso, Carlos Jean; y es Concepción Arenal o Marta Rivera de la Cruz. A mí me mola.

Pues eso, cuando se entra en A Coruña en San Juan hay que llevar la jornada bien planificada. Ese día es importantísimo, ya que es ese en el que experimentaréis sensaciones que no pensabáis que un ser humano podría experimentar… si es que eres un ser humano, claro.

La noche más corta del año (imaginaos lo corta que debe ser en la región de España más occidental donde el sol no desaparece jamás), que en otros lados es mera verbena, en A Coruña es magia en forma de hoguera.

Primero, disfrutad de la ciudad: el día 23, la víspera de San Juan, la urbe se llena de actuaciones musicales, apareciendo ese desfile de gigantes y cabezudos que toda ciudad que se precie debe tener. Nadie es perfecto.

Y una vez agotado el programa de mañana, y mientras la luz y el color todo lo dominan, y quizás algo de lluvia para los cenizos -que haberlos haylos-, tenéis que localizar un buen lugar donde comer. En A Coruña es fácil. Podríais elegir cientos de restaurantes donde, al probar cualquier especialidad (marisco, mejillones, pulpo…), pediríais sin dudar la vecindad civil coruñesa.

Una publicación compartida de Laura (@lauralifefit) el

Pero yo, que soy así y a veces muy mío y mis amigos en ocasiones “no me pueden”, os recomiendo el tapeo para estas señaladas fechas. Y creedme, yo sé de lo que hablo cuando digo que se puede ir a la plaza Campo de la Leña, o puedes pasarte por Orzán, pero si queréis tapear como Dios manda, cruzad la Plaza de María Pita y dirigíos, sin demora, a las calles Franja, Barrera y Galera. Si conseguís salir de ahí sin llorar de alegría, sois unos insensibles y no os merecéis lo bueno que os pase.

Una vez tapeados, con un buen Albariño o un Ribeiro por ejemplo, o incluso un Amandi si os gusta el cuerpo a cuerpo y salir perdiendo pero envalentonados, apuraos a visitar la ciudad.

Perdeos por la Ciudad Vieja (pasaros por la Academia de las letras, que era el domicilio de Emilia Pardo Bazán) o consumid el primer bocado de océano caminando por el alucinante paseo marítimo. El paseo es precioso, incomparable, no solo porque es el más largo de Europa con sus 13 km infinitos donde caminar, pedalear, correr, descansar, observar y demás, sino porque viene acompañado con una decoración modernista: sus farolas, que son la envidia del mundo civilizado. Y del que está pendiente de civilizar, también. Este paseo merece ser disfrutado y no deja indiferente a nadie.

Antes de emprender la vuelta a acicalaros para el disfrute playero-hoguerístico (¿es admisible esta expresión?) acercaos al obelisco Millenium y quedaos embelesados con los retazos de historia de la ciudad. Y perded la razón de una vez.

Una publicación compartida de Diana AR (@dianamariaamigo) el


Perdedla, digo, envueltos en el aroma de las sardiñadas y el contexto que las acompaña, el Paseo Marítimo y su ensenada, que separa las playas de Riazor y Orzán. Disfrutando de la magia, de las meigas, del fuego que todo lo preside. San Juan en A Coruña es una noche de fuego purificador, en el que el bien vence al mal en cada salto sobre la hoguera a grito de “Fóra bruxas”. Así es, una vez encienden la hoguera principal, cientos de ellas compiten por barrios, generando el calor suficiente para que las familias y los amigos se arremolinen alrededor de ellas. Y con ellos sus sueños, sus deseos, sus miedos, sus propósitos y sus suegros.

Una publicación compartida de José Ramón (@joseramon28) el

Y ahora sí, embriagados por el alma de la ciudad, dirigíos a la playa de Riazor o a la de Orzán (son la misma playa, pero separadas por el rompeolas), descalzaos, acercaos con decisión aventurera a aquellos que están ahí a vuestro alrededor (ya amigos irremediablemente unidos a vuestra intrépida biografía) y disfrutad del arranque del tiempo de lecer, el goce del descanso merecido. Dejaos arrastrar por el fuego de las hogueras, la magia de la luz, del color, del calor (si os arrimáis al fuego sí, si no os arrimáis, recordad que siempre en A Coruña debéis llevar a esas horas  “rebequita”) y una vez consumido el fuego, celebradlo con alguna copita bien puesta en los pubs y bares de la zona de Orzán.

Una publicación compartida de José Ramón (@joseramon28) el

En definitiva, yo de mayor quiero ser hoguera de San Juan en A Coruña. Nadie te quiere ni te respeta más en otro lugar que ahí. Vívanlo, suéñenlo y cuéntenlo. A mí no, que en esas fechas estaré trabajando y puedo resultar peligroso.

Uno, al sentir la morriña en sus carnes (lozanas o no) debe agarrar el vehículo que se ajuste mejor a su forma de viajar: ya sea el tren de los tranquilos, el avión de los inmediatos, el coche de los intrépidos (sin modorra, por favor) o los pies de los peregrinos tras su Pía travesía; y así se entra en la tierra de las meigas a vivir una de las experiencias más memorables que podrá recordar. ¿Podrá recordarla? Depende de la cantidad de queimadas y orujos con los que uno vuelva entre pecho y espalda.

San Juan en A Coruña es como esquiar en Aspen: único. Exclusivo.

Galicia y su gente son amables y auténticas. Especiales, dicen algunos; inclonables, dicen otros; geniales, digo yo. No hay que olvidar que Galicia es todo, desde Luz Casal a Luis Tosar o incluso, Carlos Jean; y es Concepción Arenal o Marta Rivera de la Cruz. A mí me mola.

Pues eso, cuando se entra en A Coruña en San Juan hay que llevar la jornada bien planificada. Ese día es importantísimo, ya que es ese en el que experimentaréis sensaciones que no pensabáis que un ser humano podría experimentar… si es que eres un ser humano, claro.

La noche más corta del año (imaginaos lo corta que debe ser en la región de España más occidental donde el sol no desaparece jamás), que en otros lados es mera verbena, en A Coruña es magia en forma de hoguera.

Primero, disfrutad de la ciudad: el día 23, la víspera de San Juan, la urbe se llena de actuaciones musicales, apareciendo ese desfile de gigantes y cabezudos que toda ciudad que se precie debe tener. Nadie es perfecto.

Y una vez agotado el programa de mañana, y mientras la luz y el color todo lo dominan, y quizás algo de lluvia para los cenizos -que haberlos haylos-, tenéis que localizar un buen lugar donde comer. En A Coruña es fácil. Podríais elegir cientos de restaurantes donde, al probar cualquier especialidad (marisco, mejillones, pulpo…), pediríais sin dudar la vecindad civil coruñesa.

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Pero yo, que soy así y a veces muy mío y mis amigos en ocasiones “no me pueden”, os recomiendo el tapeo para estas señaladas fechas. Y creedme, yo sé de lo que hablo cuando digo que se puede ir a la plaza Campo de la Leña, o puedes pasarte por Orzán, pero si queréis tapear como Dios manda, cruzad la Plaza de María Pita y dirigíos, sin demora, a las calles Franja, Barrera y Galera. Si conseguís salir de ahí sin llorar de alegría, sois unos insensibles y no os merecéis lo bueno que os pase.

Una vez tapeados, con un buen Albariño o un Ribeiro por ejemplo, o incluso un Amandi si os gusta el cuerpo a cuerpo y salir perdiendo pero envalentonados, apuraos a visitar la ciudad.

Perdeos por la Ciudad Vieja (pasaros por la Academia de las letras, que era el domicilio de Emilia Pardo Bazán) o consumid el primer bocado de océano caminando por el alucinante paseo marítimo. El paseo es precioso, incomparable, no solo porque es el más largo de Europa con sus 13 km infinitos donde caminar, pedalear, correr, descansar, observar y demás, sino porque viene acompañado con una decoración modernista: sus farolas, que son la envidia del mundo civilizado. Y del que está pendiente de civilizar, también. Este paseo merece ser disfrutado y no deja indiferente a nadie.

Antes de emprender la vuelta a acicalaros para el disfrute playero-hoguerístico (¿es admisible esta expresión?) acercaos al obelisco Millenium y quedaos embelesados con los retazos de historia de la ciudad. Y perded la razón de una vez.

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Perdedla, digo, envueltos en el aroma de las sardiñadas y el contexto que las acompaña, el Paseo Marítimo y su ensenada, que separa las playas de Riazor y Orzán. Disfrutando de la magia, de las meigas, del fuego que todo lo preside. San Juan en A Coruña es una noche de fuego purificador, en el que el bien vence al mal en cada salto sobre la hoguera a grito de “Fóra bruxas”. Así es, una vez encienden la hoguera principal, cientos de ellas compiten por barrios, generando el calor suficiente para que las familias y los amigos se arremolinen alrededor de ellas. Y con ellos sus sueños, sus deseos, sus miedos, sus propósitos y sus suegros.

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Y ahora sí, embriagados por el alma de la ciudad, dirigíos a la playa de Riazor o a la de Orzán (son la misma playa, pero separadas por el rompeolas), descalzaos, acercaos con decisión aventurera a aquellos que están ahí a vuestro alrededor (ya amigos irremediablemente unidos a vuestra intrépida biografía) y disfrutad del arranque del tiempo de lecer, el goce del descanso merecido. Dejaos arrastrar por el fuego de las hogueras, la magia de la luz, del color, del calor (si os arrimáis al fuego sí, si no os arrimáis, recordad que siempre en A Coruña debéis llevar a esas horas  “rebequita”) y una vez consumido el fuego, celebradlo con alguna copita bien puesta en los pubs y bares de la zona de Orzán.

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En definitiva, yo de mayor quiero ser hoguera de San Juan en A Coruña. Nadie te quiere ni te respeta más en otro lugar que ahí. Vívanlo, suéñenlo y cuéntenlo. A mí no, que en esas fechas estaré trabajando y puedo resultar peligroso.

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Cantante asmático y carismático, abogado del diablo más por oficio que por convicción. Viajero, vividor y trotamundos, voy de gira porque me toca. No soporto a la gente gris ni a los cobardes. La vida es música, música, música.