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Vuelo+Hotel a Atenas 1

Sumergirse entre las calles y monumentos de Atenas es experimentar un viaje hacia atrás en el tiempo. Dicen que cualquier tiempo pasado fue mejor... En el caso de Atenas no sabemos si mejor, pero sí totalmente esplendoroso. ¡Por algo los griegos la llaman "la ciudad gloriosa"! La diosa Atenea, una de los tantos personajes de la mitología griega, dio nombre a la capital de un imperio que extendió su dominio por Europa, origen de nuestra civilización, lugar de nacimiento de célebres pensadores y artistas y cuna de la democracia. Tras 3.000 años de historia escrita en los libros, hoy es una ciudad de unos 700.000 habitantes, más de 3 millones si le sumamos su área metropolitana, que ha sobrepasado los límites de las colinas que la rodeaban y que en el presente aprovecha su valiosísimo patrimonio artístico para presumir de él. Así, Atenas es una ciudad animada, viva, ideal para disfrutar con los cinco sentidos. ¡Si Atenea fuera de carne y hueso no se cansaría de recorrerla!


La primera imagen que se te vendrá a la cabeza al hablar de Atenas es, sin duda, la de su Acrópolis, ¿a que sí? Vigilada de cerca por la colina de Filopapos, fue destruida y saqueada una y otra vez en su cometido de defender la ciudad, aunque ha logrado recomponerse gracias al empeño de los gobernantes griegos. Será imposible que recupere el esplendor de antaño, pero allí en todo lo alto de la ciudad te invita a que la construyas en tu cabeza, imaginando cómo algún día fue. Sin duda la parte que más destaca es el Partenón, toda una oda a la arquitectura de la Grecia clásica. Sus mágicas formas dóricas del siglo V a. C. cobijaban una reluciente escultura de Atenea que maravillaba a todos los atenienses. Con los siglos el Partenón fue blanco de desgracias: explosiones, robos, reconversiones... ¡Hasta terremotos! Pero ahí está, ahí está, viendo pasar el tiempo, como la madrileña Puerta de Alcalá. ¡Ojo! La Acrópolis no se acaba en el Partenón: los Propileos, el Templo de Atenea Miké y el Erecteion aportan su pequeño gran granito de arena para aumentar su leyenda. Para entender su aportación, nada mejor que visitar el contemporáneo Museo de la Acrópolis, un tesoro que guarda auténticas joyas extraídas de esta maravilla de la humanidad y ubicado a solo 300 metros de ella. El tiempo no está para desaprovecharlo; por eso, ya que andas por la Acrópolis, no dejes de visitar el Odeón de Herodes Ático, todo un auditorio del siglo II que, a pesar de su antigüedad, en tiempos contemporáneos ha acogido importantes eventos. A los pies de la Acrópolis se encuentra también el Teatro de Dioniso, el mayor teatro que los antiguos griegos levantaron sobre tierra firme y escenario de algunas de las mayores tragedias clásicas.


Una tragedia de verdad es que el Ágora Antigua de Atenas no haya sido capaz de llegar a nuestros días como algún día fue. Era el lugar de toma de decisiones políticas, además de un punto de encuentro social con múltiples fines: comerciales, religiosos, artísticos, deportivos... Un gran espacio abierto donde todo el mundo cabía, con tres partes diferenciadas. Una, el centro de gobierno, donde los propios atenienses debatían sobre el futuro político de su ciudad (¡eso sí que es una democracia en sentido estricto!). Dos, el mercado donde se compraban y vendían mercancías (¿ya se intercambiarían los griegos clásicos musakas y yogures?). Y tres, el recinto sagrado en el que se veneraba a los dioses. El Templo de Hefesto, dentro del recinto del ágora, te servirá para ver la arquitectura clásica con tus propios ojos, mientras que el Museo del Ágora Antigua exhibe objetos hallados en las excavaciones del recinto. ¡Está visto que en Atenas rascas debajo de una piedra y te sale un monumento! ¡Qué arte tienen estos atenienses!


No muy lejos del Ágora Antigua se encuentra el barrio de Kerameikos, donde los alfareros, grandes artistas de su tiempo, esculpían con sus manos pequeñas obras de arte. Seguro que más de uno acabó con sus huesos en el tranquilo cementerio ubicado aquí. Pero como esto de los muertos a veces da un poco de yuyu, mejor vámonos a pasear entre los vivos por las calles de Monastiraki, una zona perfecta para hacer unas compras. ¡Ve agilizando tus habilidades para el regateo cuando llegues al Mercado Central, cerca de la Plaza Omonia! Por esta zona está también la Biblioteca de Adriano, un emperador al que por lo visto le encantaba la lectura. Las terrazas de los restaurantes de Monastiraki son idóneos para leer un buen libro pero, ya que estamos en Atenas, ¿por qué no probar una musaka o un gyros con unas olivas y un buen vino griego? Los manjares que se preparan en las cocinas de Atenas son toda una exaltación de la rica gastronomía mediterránea. ¡También en el floreado laberinto de calles del barrio de Plaka! El más vivo y mágico de la capital griega pases a la hora que pases, llenito de casitas decimonónicas con encanto, hoteles para todos los bolsillos, tiendas de recuerdos y más terrazas. ¿Quién no se mete de buena gana en un laberinto como este? Además aquí están la Catedral Metropolitana y el Ágora Romana, que para su desgracia siempre ha vivido a la sombra del Ágora Antigua. Esto no quita que no valga la pena; de hecho fue el shopping center ateniense de la época romana (¡ríete tú de las Galerías Preciados!).


No te cansarás de patearte Atenas. ¡Estás ante la que fue capital de un imperio! Descubrirás lugares como Anafiotika, un barrio con espíritu de pueblo mediterráneo, un remanso de paz entre la muchedumbre de una capital. Y también te toparás con más cachitos de historia como el impresionante Estadio Panatenaico, escenario de las primeras Olimpiadas modernas donde hace muchos, muchos siglos los espectadores rugían con la misma intensidad que los forofos de fútbol. O el Templo de Zeus Olímpico, cuya construcción se alargó durante ¡siete siglos! Desde luego los atenienses tuvieron que armarse de paciencia para verlo acabado. Todo para que hoy no lo podamos ver en su totalidad (el paso del tiempo no perdona). No pasa nada, el presente nos regala interesantes puntos de reunión como la Plaza Síntagma, flanqueada por el Parlamento griego y el inmenso Jardín Nacional. En los otros lados del cuadrado que forma la plaza, el lujoso Hotel Grande Bretagne y la Tumba del Soldado Desconocido. Por si los muertos se escapan de su nicho, varios pintorescos evzones los vigilan día y noche. De la Plaza Síntagma parte la calle de Vasilissis Sofias, llena de interesantes centros de sabiduría al más puro estilo griego como el Museo Benaki, el Museo de Arte Cicládico, el Museo Bizantino o la Galería Nacional. Todos ellos son lugares de paso idóneos para adentrarse en la jungla mercantil de las calles de Kolonaki, uno de los barrios más lujosos de Atenas lleno de establecimientos de moda de alta gama. Para respirar del ajetreo humano, al fondo de Kolonaki te espera una pequeña jungla urbana, la colina de Licabeto. Tranquilo, para disfrutar de las formidables vistas desde sus 278 metros de altura no tienes por qué ir caminando, el funicular te ahorra el esfuerzo. ¡No vaya a ser que por el camino te coma el lobo (el nombre de la colina viene de los lobos que poblaban sus laderas en la antigüedad)!


El mundo subterráneo es todo un misterio ante una superficie con tantos restos históricos. Es por ello que las estaciones de metro atenienses son pequeños museos donde se exhiben los restos hallados durante la construcción de la red. El metro, además del tranvía, es el mejor medio de transporte para moverse por la ciudad y evitar el intenso tráfico que hay sobre el asfalto. Así llegarás más fácilmente al Museo Arqueológico, una cita a la que no puedes faltar, ya que su colección de objetos antiguos de la Antigua Grecia es la más importante del mundo. ¿Dónde iba a estar si no es aquí? En metro también podrás tocar el mar del Pireo, ciudad independiente que emergió sobre el Mediterráneo para convertirse en puerto ateniense. Ahora es lugar de partida de múltiples cruceros hacia las islas griegas, reposo de lujosos yates privados y zona de terraceo y buena compañía al lado del mar.


El moderno aeropuerto Eleftherios Venizelos, a poco más de media hora en metro o tren de la Plaza Síntagma, es la puerta de entrada desde Madrid y Barcelona a aquella capital del imperio que un día dominó la Península Ibérica. Hoy sigue siendo una ciudad luminosa y vital, acogedora con todos los que quieren venerar su belleza y leer detenidamente el libro de historia en tres dimensiones que regalan sus calles y monumentos. Una ciudad, además, rodeada de más motivos para visitarla: los monasterios de Meteora, Delfos o el clásico centro del universo, el Canal de Corinto, Olimpia (donde comenzó la historia de los Juegos Olímpicos)... ¡Métete de lleno en el corazón de la Grecia clásica!

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