Estoy en la oficina, es un caluroso día de finales de mayo y llevo dos horas absorta en una hoja de cálculo que me está volviendo loca. Si esto no cuadra no nos vamos de vacaciones. Levanto la vista en busca de apoyo moral y me veo rodeada de cincuenta pantallas que tapan las caras de cien manos que teclean incesantes. Todo el mundo parece ocupadísimo acabando lo que sea que estén haciendo. Huele a verano y todo son urgencias para poder irse de vacaciones sin deberle nada a nadie. Es lo que tiene trabajar en una agencia de viajes: en junio está todo el pescado vendido así que siempre debemos ser los primeros en acabar los deberes.

Miro a mi derecha y me sonríe burlón el gato de la suerte de pilas infinitas; alguien vino el año pasado de China con este souvenir y aquí se quedó. Al otro lado tengo una banderita americana, una gorra de Mickey traída de Disneyland, un mini Budha que hace las veces de pisapapeles junto a unas bolas de cristal de Murano y un botecito de arena de Bali recuerdo del último viaje de Inés. También veo mi taza con la bandera suiza y unas máscaras mexicanas y un sombrero texano que cuelgan de los postes de toma de red. Está claro que trabajar en una agencia de viajes hace que todo el mundo viaje más. Mucho más.

Aquí por estas épocas todo es una competición a ver quien se va más lejos. El récord lo tienen los que se van a Australia o a Japón, que necesitan dos días extra para llegar a destino. Pero por alguna extraña razón a mí todos estos planes maravillosos no me da ninguna envidia. Nos pasamos todo el año estresados de arriba para abajo, quejándonos de la falta de tiempo, de la falta de sueño, de la falta de pasta… ¿Y qué hacemos en verano? Aviones, aeropuertos, escalas, colas, hoteles, maletas…: Más estrés.

Cierro los ojos y pienso a dónde me gustaría ir realmente: un lugar a donde ir a no hacer NADA. Entendamos NADA como todo lo que yo entiendo por NADA: descansar, desconectar, relajar la mente, que no haya wi-fi ni alertas de mis redes sociales. Un lugar a donde llevar un buen libro y pasar toda una tarde leyéndolo tumbada en una hamaca, perdiéndome entre cabezaditas y meciéndome entre el murmullo de la brisa y el trinar de algún pájaro hasta empalmar la siesta con la hora de dormir.

De pronto me visualizo en un lugar así. Nadagascar: un país exótico y primitivo que ha hecho de la nada su estilo de vida, donde existe el culto a la inactividad y a la vida contemplativa y donde se valora el tiempo por minutos disfrutados y no por su productividad.

Me lo imagino como un territorio natural virgen y salvaje, donde reina el silencio y los atardeceres tranquilos y relajantes. Los Nadagasqueños serían originarios de las tribus de los zánganos y los remolones, gente sin prisa ni sensación de urgencia por nada, y tendrían que convivir en paz y harmonía con una gran comunidad de emigrantes y turistas como yo, procedentes de las regiones ultraperiféricas de Urbanistán que acudirían allí en busca de paz.

De pronto me despierta el estridente sonido de un teléfono. Parece que nadie se ha percatado de mi ensoñación. El tecleo anónimo y acelerado sigue sonando por toda la oficina y mi hoja de cálculo sigue en rojo, pero yo me siento mucho más feliz que hace un rato. Acabo de descubrir Nadagascar y este verano voy a tener vacaciones de verdad.

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Bailo, pinto, escribo, hablo (mucho) y me río de todo lo que no es importante. A una isla desierta me llevaría chocolate y vino, pero me lo acabaría y en seguida tendría ganas de volver.