Esta obra nos sumerge en la intimidad de una familia marcada por los silencios y las distancias. En un rincón, una madre se pierde en una ausencia que no tiene nombre, mientras que en su taller de ebanistería, un padre parece haber dedicado su ternura únicamente a las maderas que trabaja. En medio de ellos, la hija actúa como un puente vital, recorriendo las ocho cuadras que separan las casas de sus padres, cargando ollas con comida, fotos y retazos de una historia compartida que se resiste a desaparecer.
El esfuerzo de la protagonista es una tarea maratónica y profundamente humana: intentar unir las partes fragmentadas de su propia vida a través del cuidado y el movimiento constante. Entre el transporte de muebles y sobres con dinero, la obra retrata la complejidad de los vínculos familiares y el peso de las herencias emocionales. Es un viaje sobre la lealtad, el paso del tiempo y la búsqueda de sentido en los pequeños gestos cotidianos.
La pieza se inspira en la delicada prosa de Alejandra Kamiya, basada en cuentos de sus libros Los árboles caídos también son el bosque y El sol mueve la sombra de las cosas quietas. Con una puesta en escena que respeta la calidez y la profundidad de la autora, la obra invita a los espectadores a reflexionar sobre la naturaleza de nuestros lazos y la belleza que reside en intentar reconstruir lo que parece haberse roto.