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Un campamento de verano te marca de por vida, y lo sabes

Quien lo ha vivido lo sabe: los campamentos de verano son de lo mejorcito que te puede pasar en tu vida cuando eres un niño. En una era de sobreproteccionismo paternal como en la que nos encontramos ahora se me hace rarísimo recordar todas aquellas vivencias y pensar la corta edad que tenía, pero hay algo que tengo claro: no sería quien soy sin haber vivido todo aquello. Y menos mal.

Preparar una mochila teniendo en cuenta todas las posibles casuísticas (con ayuda crucial de los progenitores, claro). Ser previsor. Despedirse de casa durante 15 días. Alejarse de la familia un período de tiempo más que considerable. Organizarse solo. Convivir 24 horas al día con gente nueva. Todo esto siendo un niño. Sí, estás en lo cierto: son acontecimientos que marcan a la persona.

De hecho, y llevo varios años dándole vueltas, me decido en este artículo para recapitular algunas cualidades de los que disfrutamos con aquellas correrías y nos liábamos la manta a la cabeza todos los veranos. Porque lo que se aprende en un campamento ES la vida. En mi caso me enganché tanto a estos planes estivales que llegué a ir a 2 por verano. ¡1 mes fuera de casa con desconocidos! ¡Eso es afición!

La ‘aventura’ es nuestra forma de vida

Para empezar, pregunta a los más “echaos p’alante” que tengas a tu alrededor si fueron de campamento: la mayoría te dirá que sí. Se trataba de hacer, aprovechar, disfrutar, ver, vivir. La curiosidad se cultiva en esos sitios. Y la iniciativa. ¿Que había que hacer una cabaña en el monte y solo veías a tu alrededor ramas y helechos? P’alante. ¿Que había que enfundarse un neopreno -aunque no lo hubieras hecho en tu vida y te resultase complicado- y meterse en un río helado a hacer rafting? Tonto el último.

Supervivencia o cómo dejar en ridículo a MacGyver

Si algo nos caracteriza a los que nos curtimos en tiendas de campaña y comedores de mesa larga y banco corrido es la capacidad de resolver situaciones de todo tipo: arreglar carpas-refugio de mochilas hundidos por la lluvia; unir 2 sacos de dormir y dormir dentro 3 personas para salvar a alguien del apuro de una cremallera rota ante una noche de vivac; compartir el bocata si por accidente se caían unas barras de pan al río… Y así todo. Imagínate este tipo de perspectivas aplicadas a la vida adulta: un pozo de soluciones y una fuente de buena disposición.

Ni qué decir tiene que el tema de ser extrovertidos se entrenaba mucho en aquellas circunstancias. Llegabas, no conocías a nadie, y había que vencer la vergüenza , preguntar nombres, aprendértelos y retenerlos (¡muy importante!). Objetivo: hacerse un grupito con el que empezar a disfrutar desde el minuto cero y vivir con intensidad esos días de colonias (¿siempre me pregunté por qué se llamarían colonias a los campamentos?).

El momento de la despedida

Y de ser el rey de las amistades fugaces a ser un nostálgico va un paso. Ojo que esas amistades veraniegas eran tan intensas que no veas luego a la hora de despedirse. Que levante la mano quien no haya llorado a moco tendido el último día. Madre mía qué lloreras. Yo sentía la nostalgia ya antes de haberme ido. Pero después molaba mil el goteo de cartas. Recuerdo con especial cariño tras un campamento en los Pirineos la relación de carteo que mantuve con sendas amistades de Cádiz y de no sé dónde. No existía el Facebook (estamos hablando de los años 90…) pero no veas qué efectividad y qué fluidez vía postal que teníamos. Y la ilusión al abrir el buzón y encontrar una carta ni te la cuento.

Lo que nos hace guais

A nivel práctico, a los ejemplares que hemos pasado veranos entre compañeros, monitores, tiendas de campaña, montes y playas nos reconocerás porque nos orientamos bien, sabemos seguir senderos en la montaña y comprendemos las marcas pintadas en rocas, no nos amilanamos porque queden no sé cuántos kilómetros hasta la cima, o reconocemos unas ortigas con verlas a 10 metros (y no queremos que nos rocen la piel ni por asomo).

Estar mucho al aire libre en verano y medio asalvajados se tiene que notar: también conocemos la vegetación que vamos viendo, y sabemos detectar si se puede beber de una fuente por ahí perdida o no. Más de lo mismo a la hora de preparar una mochila para salir fuera de la ciudad: somos una enciclopedia de la previsión e integristas del combo “botas + gorro + crema solar + agua”. Unos calcetines de recambio en la mochila nunca sobran, por aquello de si metes un pie en el río, por ejemplo. Y la mayoría sabemos coser ampollas de los pies. Que ahora me imagino a mí misma con 12 años haciéndolo y alucino.

Ahora que lo estoy escribiendo todo cada vez pienso más que todos aquellos campamentos a los que asistí han marcado de forma crucial mi vida. Estaban los “itinerantes”, en los que íbamos en un autobús por una ruta establecida (Pirineos y costa catalana; recorriendo toda la provincia de Almería; Portugal; pueblos de Soria; de todo…) cambiando de camping, montando y desmontando la tienda en grupos, repartiendo en equipos quién hacía la comida cada día, aprovechando cada minuto, diciendo sí a todas las actividades de aventura que se presentaran, y deseando que llegase el verano siguiente para encarar una nueva ruta.

Los monitores: una especie en extinción

Mención especial y de honor a los monitores de los campamentos, una auténtica fuente de inspiración, y gente muy valiente que con alegría y cargados de ocurrencias se hacen responsables de manadas de chavales y chavalas en pleno desarrollo de sus personalidades (y de sus fechorías). Y ¡qué narices!, creo que con todo lo vivido en esas épocas ahora mismo podría ser una gran monitora de campamento. Si no me leéis mucho por aquí próximamente quizás es que me he lanzado a ello. Mientras tanto, ¡no dejéis de enviar a vuestros hijos, sobrinos y ahijados a campamentos! Sus vidas os lo agradecerán.

Henar Ortega

Emperadora (que no emperatriz) del ocio. Así me llaman...

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