5 playas para gente muy poco playera

Alberto Peñalba 3 minutos
¿Crees que la playa está sobrevalorada? ¿Cada vez que estás en una echas de menos no haberte quedado en la piscina? No estás solo. Por suerte, algunas de ellas merecen y la pena incluso para gente como nosotros.

Lo reconozco, no me gusta la playa. He tardado casi treinta años en reconocerlo, pero esa es la dolorosa verdad. La arena pegándose por todas partes me desespera y mi propensión a quemarme si no voy embadurnado en crema del 50 no ayuda. Mira que lo he intentado. He probado a esconderme bajo la sombrilla, a volverme inseparable de los chiringuitos, a darle a las palas como si hubiese ojeadores en busca de la próxima estrella de este deporte… Y nada.

La playa te pone a prueba constantemente, te exige una paciencia que roza el estoicismo y de la que no me dotaron mis veranos en el secano burgalés. Sales del agua, ¿te pones las chanclas? No, porque las llenas de tierra. Vas a las duchas, ¿te las pones? Sí, porque temes pillar algo chungo en los pies. En las duchas te quitas la arena, pero te mojas los pies. Resultado: vuelves a tener tierra antes de alcanzar el paseo marítimo. ¡Bum! Cabeza explotando.

Pero lo peor de todo es ser consciente de que no te puede no gustar la playa viviendo en este país. Sería como rechazar Eurovisión siendo sueco o negar a Luka Modrić naciendo en Croacia. Estar completamente rodeado de playas alucinantes hace que hasta los más pro piscinas tengamos nuestras crisis de fe.

Amigo o amiga anti playa, sé que ahora estás sonriendo con altivez pensando: a mí no me la vuelven a colar. Es la misma cara que pongo yo cada vez que dan tropecientas banderas azules a nuestras costas y me imagino oliendo a after sun una semana. Precisamente por eso no te voy a recomendar una playas cualquiera, sino una selección digna de sibaritas del agua salada. Si te vas a llenar de arena hasta las cejas, que sea por un buen motivo.

Bolonia, Tarifa (Cádiz)

El viento y las aglomeraciones harían desistir a cualquier criatura de interior con dos dedos de frente. Sin embargo, ni siquiera esos motivos son suficientes para negar una visita a esta playa gaditana. Su duna mil veces fotografiada y el pescaíto frito de sus chiringuitos bien se lo merecen. Además, si te cansas rápido siempre podrás escapar a las cercanas ruinas romanas de Baelo Claudia.

As Catedrais, Ribadeo (Lugo)

También conocida como playa de Aguas Santas, este espacio natural gallego es uno de esos lugares que parece mentira que existan. Visitarla no es fácil, sus horarios de bajamar y pleamar son más cambiantes que el cantante de AC/DC. Además, los accesos están bastante restringidos para evitar que hordas de domingueros arrasen con los acantilados. Así que si la visitas hazlo respetando todas las indicaciones, el lugar lo merece.

Macarella y Macarelleta, Menorca

Saltamos a las Islas Baleares para visitar dos de esas calas con las que cierta marca de cerveza lleva años prometiéndonos veranos más deseables que la jornada intensiva en julio y agosto. A ellas solo se puede acceder andando, si eres como el común de los mortales, o en barco. De hecho, si tienes la posibilidad de ir en barco no sé qué haces leyéndome en lugar de estar allí ahora.

La Franca, Rivadedeva (Asturias)

Esta es posiblemente la elección más subjetiva del artículo, así que pido a los defensores de otras playas del Cantábrico que no alcen todavía las antorchas. El motivo por el que incluyo esta playa que se encuentra en plena naturaleza pese al hotel y el camping cercanos, es su bajamar. Cuando llegues podrás adentrarte decenas de metros en la arena ganada al mar y acceder a cuevas que permanecen sumergidas la mayor parte del tiempo.

Papagayo, Lanzarote

Termino este recorrido volviendo a territorio insular, precisamente a la isla volcánica de Lanzarote. Su naturaleza agreste, sus aguas de radiante color turquesa y su forma de bahía que calma el oleaje la convierten en un lugar ideal para la práctica del snorkel.

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Quién me lo iba a decir a mí. De empezar el artículo odiando las playas a estar pensando en lanzarme a ellas con un tubo y unas gafas como únicos compañeros (y el protector solar, eso que no falte). Ya avisé que el recorrido iba a ser espectacular, pero lo que no sabía es que me acabaría convenciendo a mí mismo. Quizás este verano vuelva a darle una nueva oportunidad a la playa. Si tú también se la das, recuerda una cosa: siempre nos quedará la piscina.