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La frenética vida de un hombre justo

Santiago D. Torrado 4 minutos
Personas que como yo tienen una noción superior de la justicia creemos que vivir la vida como si fuera un verano eterno no es un privilegio. Simplemente es algo que nos merecemos.

Se acabó el verano. Vuelven otra vez los once meses donde tu piel va cogiendo ese tono pálido oficinista. Volvemos otra vez a los madrugones, mirando absortos la pared y tomando un café en el que hay metido medio PIB de Colombia. Yo puedo ser muchas cosas. De hecho, mi madre ha descubierto muchas de ellas, casi todas peyorativas. Pero sí que me considero una cosa: soy un hombre justo.

Y como hombre justo que soy,  me pregunto: ¿realmente nos merecemos esto? Por supuesto que no. Por eso me iré de escapada todo lo que pueda, para revivir eternamente el verano.

Ir a la escapada que nos merecemos

Nosotros renegamos a que se termine el verano. Queremos ir en globo por la gran tierra de Girona y desde ahí ver sus playas, lagos y montañas. Perdernos entre las nubes. Y si no lo hacemos nosotros, pues al menos que quien se pierda por las nubes sean nuestros jefes. Nos negamos a que lleguen los fines de semana y que nuestro gran aliciente sea jugar al Fortnite mientras comemos durums del tamaño de un acueducto ruso. Merecemos más. Mucho más. Merecemos que llegue el viernes y un avión nos esté esperando para llevarnos a un destino exótico. Y si en el aire nos encontramos a nuestro jefe perdido en el globo, pues mejor. Más alegría para el cuerpo.

Merecemos estar comiendo marisco en una playa, o jabalí, o todo bicho que nazca, se desarrolle y muera. Aquí el único que se salva es Jordi Hurtado que hasta el momento no parece que haga ninguna de las tres cosas. Merecemos irnos de escapada todo lo que podamos. Y para cuando tanta escapada nos deje mirando de reojo la cuenta, lejos de inquietarnos por un futuro desolador por la absoluta falta de previsión y cultura financiera, lo que haremos será gastarnos todo lo que nos quede en esos maravillosos planes low cost.

¿Algo no te gusta? ¡Huye!

Así son los Millenials justos como yo. No queremos un plan de pensiones. Queremos hacer puenting y cuando estemos allí abajo, debatiéndonos entre la vida y la muerte, pensar lo chulo que quedaría tu cara de pasa arrugada en Instagram. Pensamos constantemente en escapar, en vivir la vida apasionadamente. ¿Tu jefe entra por la puerta? Nosotros saltamos por la ventana. ¿Tu suegra se quiere acoplar en tu casa el fin de semana?  Nosotros justo nos vamos a Europa del Este con unos amigos. Beber cervezas artesanales en Praga. Visitar el campo de concentración de Auschwitz.  Comer guisos de carne y visitar el Castillo de Buda en Budapest. Será por alternativas.

Nos merecemos cada festivo que disfrutamos. Cada puente es para nosotros un Santo Grial al que rendir pleitesía. Si nos queremos ir a cortar el pelo de una manera diferente, en nada nos plantamos en Marrakech y de paso vemos los increíbles Jardines de la Menara. Cualquier excusa nos sirve para aparecer en los mercados artesanos de esta ciudad a la que también llaman “Perla del Sur”.  Nuestra vida es un constante ir y venir entre viajes y estrés postvacacional.

Una cuestión de justicia

Nos gusta no deber nada a nadie. Como hombres justos que somos siempre pagamos nuestras deudas, a donde quiera que vayamos. Sabemos que tras cada escapada podemos volver a casa con la conciencia limpia. Yo he devuelto hasta el último euro de todos los euros prestados que pedí para tirar a la Fontana Di Trevi en Roma en busca de fortuna. Me dejé un dineral. Que queréis. A nadie le viene mal un poco más de suerte. Más tarde descubrí que las monedas no se lanzan para tener suerte, sino para conseguir el amor de un italiano/a. El caso es que volví a casa sin dinero y, lo que es peor, sin Antonellas ni Giovanas.

Pero lo auténticamente relevante aquí es que la tecnología está del lado de  los hombres con una noción superior de la justicia como la mía. Yo personalmente utilizo la app de PayPal que me facilita mucho la vida en mis escapadas. Una forma rápida -y sobre todo gratis- de rendir cada una de tus cuentas. Introduces tu mail -o tu número de teléfono- y voilá, ya has conseguido devolver lo que debías a ese amigo que te pagó las sardinas en Lisboa.

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Pero ahora ¿quién paga las copas?

Podéis hacer lo que queráis, pero yo no pienso dejar mi vida pasar. Podréis encontrarme de fiesta en algún bar hipster de Berlín. Incluso puede que os caiga bien. Es probable que hasta discutamos por haber quien de nosotros paga las copas y que ganéis la discusión. Pero entonces desenfundaré el móvil y en lo que tardas en abrir y cerrar los ojos ya habré devuelto lo que hayas pagado. Y a continuación, seguiré planeando mi siguiente escapada.

Jamás subestiméis la frenética vida de un hombre justo.