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Ginebra

La metrópoli más pequeña del mundo

Abandera la causa internacional, es sede de poderosos bancos y cuna de las casas relojeras más prestigiosas. Sí, es cierto, pero más allá de los tópicos que pueblan nuestro imaginario, este pequeño cantón suizo brilla por su carácter apacible, cosmopolita y sofisticado. Si vienes a Ginebra, lo tendrás muy fácil. ¡No tienes más que decir bonjour con una gran sonrisa a un transeúnte y verás cómo se abre un mundo a tus pies!

Callejeando por la vieille ville de Ginebra se descubren numerosos espacios verdes como la Place Neuve y una serie de monumentos que narran la historia de la ciudad. El Muro de los Reformadores, la Catedral de San Pedro y el Parc des Bastions están en la orilla izquierda del Ródano. Antes de cruzar el Puente del Mont-Blanc se encuentran el Jardín de los Ingleses y su Reloj de Flores, mientras que el Monumento Brunswick y el barrio cosmopolita y de moda de Pâquis están en la orilla derecha. Ginebra cuenta con numerosos museos gratuitos como la Maison Tavel, así como otros más famosos como el Museo de Arte Moderno y Contemporáneo, ambos en el casco antiguo. En cuanto hayas visitado el centro, dirígete inmediatamente a la Rada de Ginebra. Y es que no es sólo un puerto, aquí encuentras la típica tarjeta postal de Ginebra en la forma de un potente chorro de agua, el Jet d'Eau. Alcanzando hasta los 140 metros de altitud en función de las condiciones climáticas, es la fuente de agua más alta del mundo.

Cuando en verano el calor aprieta, los ginebreses disfrutan de la zona de baño de Pâquis, un lugar donde reponer fuerzas, tumbarse bajo el sol o darse un refrescante chapuzón en el lago Leman. Zumos de manzanas recién exprimidas y almuerzos caseros son la especialidad del chiringuito de esta zona. Aprovechando el buen tiempo, muchos acuden a la Pointe de la Jonction, el punto de confluencia entre el Ródano y el Arve, un espectáculo donde sobran las palabras. Este espacio verde dispone además de tumbonas y un chiringuito. El sabor bohemio lo encontrarás en el pueblo de Carouge, de aspecto piamontés y donde los talleres de artesanos conviven lado a lado con los cafés, bares de Jazz y restaurantes. El distrito de las organizaciones internacionales es una atracción a parte. Aquí podrás visitar muchos de los organismos que han hecho historia como la sede de las Naciones Unidas, la Organización Mundial del Comercio o el Comité Internacional de la Cruz Roja así como uno de los centros de investigación más famosos como el CERN. Si tienes tiempo de sobra, merece la pena hacer una visita de un día a una de las ciudades cercanas como Lausana, Montreux o Chamonix. Ginebra también es el punto de partida ideal para emprender excursiones hacia los lugares más míticos como el Mont-Blanc, el pico más alto de Europa. Los amantes de los deportes de invierno encontrarán numerosas instalaciones en los Alpes suizos, como la famosa pista de Zermatt (aproximadamente 3 horas) o de Verbier (aproximadamente 2 horas). 

El dinamismo de Ginebra durante los meses de verano es un no parar. Un despliegue de eventos y actividades con una alta participación de los ciudadanos dan el chupinazo de las Fiestas de Ginebra. Los meses de julio y agosto también están dedicados a la música clásica, al Jazz y a la fusión en un gran festival de verano, único en su categoría. Durante la Fiesta de la Vendimia de Russin, a mediados de septiembre y de la que participan una veintena de productores ginebrinos, se respira el ambiente de pueblo en medio a una degustación de vino en las "bodegas libres". Se trata de un corto pero intenso fin de semana. En primavera el libro está a la orden del día y toma el relevo celebrando en abril la Feria Internacional del Libro y de la Prensa, en un enriquecedor intercambio de ideas sobre la pasión por la lectura, además de debates y reuniones con la presencia de más de 500 autores. El mes de junio anuncia una nueva edición de la tan esperada regata Bol d'Or Mirabaud, que se celebra cada año en el lago suizo Leman.

Ciudad con vocación internacional, Ginebra ofrece una cocina que combina los sabores del mundo con la riqueza de sus productos locales. En Ginebra, comerse en invierno una fondue de fromage acompañado de un buen vino es otro cantar. La mezcla de un auténtico queso helvecio como son el gruyère, el comté o el beaufort con un vino blanco seco y ajo son ya suficientes para apreciar la reconfortante fragancia que se desprende de este plato típicamente suizo.

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