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La historia ha dejado su huella en Rousse. Los romanos la fundaron bajo las órdenes del emperador Octavio Augusto, enfrente a la también romana Giorgiu y, desde entonces, esta ciudad fronteriza del norte de Bulgaria ha visto pasar por sus calles a búlgaros, otomanos y eslavos, que la han destruido y vuelto a levantar en numerosas ocasiones.

Sin embargo, lo que ha permanecido a lo largo de estos siglos es su belleza. ¡Por algo la llaman La Pequeña Viena! El Neobarroco alcanza en Rousse su máxima expresión con hermosas formas esculpidas por toda la ciudad como el Monumento de la Libertad, obra del italiano Arnoldo Zocchi, o el Dodohno Zdanie, pensado  inicialmente para acoger obras de teatro. Sin embargo, el Museo Histórico, los edificios de la calle Aleksandrovska (una de las principales vías comerciales de la ciudad) y todo el casco antiguo de Rousse destilan Neobarroco por los cuatro costados.

El caudaloso Danubio también ha marcado la fisionomía y el carácter de la ciudad, regalándole el principal puerto fluvial de Bulgaria a 300 kilómetros de la capital del país, Sofía. Y tierras allende, reposa la vecina Rumanía, a la que Rousse ha mirado siempre de frente. Un lugar para perderse, especialmente en verano, la mejor época del año para visitarla ya que, por increíble que parezca, aquí se alcanzan los 30 grados centígrados. Una temperatura que convierte a Rousse en el destino ideal.